Berlín, año 0, día 1
by
Nietzscheana
- noviembre 08, 2008
Creemos ensoñaciones.
LLegada: gut.
Viaje: gut.
Partida: gut.
Estancia: gut.
Qudemosnos eternamente, o puede que temporalmente: gut, gut, gut.
oh! Días sin sol.
Hagamos manifiestos.
Fundemos bares y telesfericos que lleven el nombre de gente que detesto.
Sí, huida a Berlín.
Vuelo 300.
En alguna carretera del cielo.
Permanecemos.
LLegada: gut.
Viaje: gut.
Partida: gut.
Estancia: gut.
Qudemosnos eternamente, o puede que temporalmente: gut, gut, gut.
oh! Días sin sol.
Hagamos manifiestos.
Fundemos bares y telesfericos que lleven el nombre de gente que detesto.
Sí, huida a Berlín.
Vuelo 300.
En alguna carretera del cielo.
Permanecemos.
Sergio Algora
by
Nietzscheana
- noviembre 07, 2008
Las bestias
03/03/2005
Pilar está de pie en la orilla de la playa. Sonia y Laura no le quitan ojo. Era tan bella que las dos chicas llevaban toda la mañana atrapadas en un placentero ejercicio de vigilancia. Cuando se movía parecía dejar el molde de su anterior postura haciéndose hueco en el aire. Su belleza no les causaba ningún tipo de envidia o insatisfacción. Ellas también eran jóvenes y hermosas. Pero observaban a Pilar para establecer un canon. A partir de Pilar no hay nada. Ella era como el Everest. Una vez allí sólo se podía mirar hacia abajo.
El sol de la tarde caía de tal forma que los cuerpos tumbados en las toallas parecían espejos y los apartamentos de la costa, sábanas de piedra blanca puestas a secar.
Pilar vio que sus amigas la miraban y las saludó con la mano. Su sonrisa era digna del brillo de piedra preciosa de sus ojos. Sonreía desde sus órganos internos y tenía la belleza de varios niños aún no nacidos. Se agachó a recoger conchas marinas. Es perfecta, dijo Laura.
Podría ser que algún día todo esto se acabe, respondió de manera misteriosa Sonia a su amiga.
No es posible. Mira el cielo con su azul inaccesible y fugaz, el mar rompiendo contra las quillas de los cuerpos bronceados. Mira el perfil de pilar como una isla recortada contra los latidos del corazón marino, apuntó Laura.
¿De quién son esos versos?
De Pilar.
Su quietud de estatua, vertebral y sin signo de cansancio, hacía perecer a Pilar dormir de pie. Inhalando el fulgor del sol de verano. Su esqueleto lloraba por tener el privilegio de sostener su carne.
Mientras el mar ensanchaba su horizonte afilado y húmedo, algo bullía en los cementerios cotidianos del interior, alguien preparaba lápidas futuras, alguien transporta la noche y sus mecanismos. La noche que jamás trae el día. Las bestias de nuestra sangre se afanaban en comenzar a destruir otro mundo irrepetible.
De la paella que Pilar ha comido en una terraza cercana a la playa, todos los compuestos simples ya han sido absorbidos por sus vellosidades intestinales y han pasado a su sangre. Pero Pilar está teniendo una digestión pesada. Tiene la boca muy seca y está pensando en dejar su paseo por la orilla para ir a tomar un agua con gas. Pero la pereza estival la retiene con sus pies metidos en el agua.
El bolo alimenticio de arroz, gambas, sepia y pimientos cruzó su laringe, siguió hasta el esófago y se hundió en el estómago. Allí la mucosa de Pilar ha segregado el potente jugo gástrico que ha transformado todo el alimento en una espesa papilla, en un quimo marrón y maloliente. Pero esa papilla, esos deshechos, no saldrán hasta dentro de varios días, debido a unos pólipos en el colon que aún no han sido detectados. Dentro de unos meses sus heces saldrán manchadas de sangre y ya será tarde. Las bestias han comenzado su trabajo en los intestinos hace unos días. Se encuentran en la primera fase de la amargura.
Mientras las bestias comen células y más células sin descanso, en la oscuridad de su vientre, Sonia y Laura contemplan ahítas el brillo extremo de todos los poros de Pilar.
03/03/2005
Pilar está de pie en la orilla de la playa. Sonia y Laura no le quitan ojo. Era tan bella que las dos chicas llevaban toda la mañana atrapadas en un placentero ejercicio de vigilancia. Cuando se movía parecía dejar el molde de su anterior postura haciéndose hueco en el aire. Su belleza no les causaba ningún tipo de envidia o insatisfacción. Ellas también eran jóvenes y hermosas. Pero observaban a Pilar para establecer un canon. A partir de Pilar no hay nada. Ella era como el Everest. Una vez allí sólo se podía mirar hacia abajo.
El sol de la tarde caía de tal forma que los cuerpos tumbados en las toallas parecían espejos y los apartamentos de la costa, sábanas de piedra blanca puestas a secar.
Pilar vio que sus amigas la miraban y las saludó con la mano. Su sonrisa era digna del brillo de piedra preciosa de sus ojos. Sonreía desde sus órganos internos y tenía la belleza de varios niños aún no nacidos. Se agachó a recoger conchas marinas. Es perfecta, dijo Laura.
Podría ser que algún día todo esto se acabe, respondió de manera misteriosa Sonia a su amiga.
No es posible. Mira el cielo con su azul inaccesible y fugaz, el mar rompiendo contra las quillas de los cuerpos bronceados. Mira el perfil de pilar como una isla recortada contra los latidos del corazón marino, apuntó Laura.
¿De quién son esos versos?
De Pilar.
Su quietud de estatua, vertebral y sin signo de cansancio, hacía perecer a Pilar dormir de pie. Inhalando el fulgor del sol de verano. Su esqueleto lloraba por tener el privilegio de sostener su carne.
Mientras el mar ensanchaba su horizonte afilado y húmedo, algo bullía en los cementerios cotidianos del interior, alguien preparaba lápidas futuras, alguien transporta la noche y sus mecanismos. La noche que jamás trae el día. Las bestias de nuestra sangre se afanaban en comenzar a destruir otro mundo irrepetible.
De la paella que Pilar ha comido en una terraza cercana a la playa, todos los compuestos simples ya han sido absorbidos por sus vellosidades intestinales y han pasado a su sangre. Pero Pilar está teniendo una digestión pesada. Tiene la boca muy seca y está pensando en dejar su paseo por la orilla para ir a tomar un agua con gas. Pero la pereza estival la retiene con sus pies metidos en el agua.
El bolo alimenticio de arroz, gambas, sepia y pimientos cruzó su laringe, siguió hasta el esófago y se hundió en el estómago. Allí la mucosa de Pilar ha segregado el potente jugo gástrico que ha transformado todo el alimento en una espesa papilla, en un quimo marrón y maloliente. Pero esa papilla, esos deshechos, no saldrán hasta dentro de varios días, debido a unos pólipos en el colon que aún no han sido detectados. Dentro de unos meses sus heces saldrán manchadas de sangre y ya será tarde. Las bestias han comenzado su trabajo en los intestinos hace unos días. Se encuentran en la primera fase de la amargura.
Mientras las bestias comen células y más células sin descanso, en la oscuridad de su vientre, Sonia y Laura contemplan ahítas el brillo extremo de todos los poros de Pilar.
El niño gusano- Pondre mi mente al sol
by
Nietzscheana
- noviembre 07, 2008
no, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío, con frío ...
no, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío, con frío ...
no, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío, con frío ...
no, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío, con frío ...
Hans Richter - Vormittagsspuk (1928)
by
Nietzscheana
- noviembre 07, 2008
Fando y Lis- Alejandro Jodorowski
by
Nietzscheana
- noviembre 07, 2008
Producciones audiovisuales de vanguardia
by
Nietzscheana
- noviembre 07, 2008
Surrealismo
Un perro andaluz
Performance
Corre, Lola corre
Dadaismo
Hans Richter - Rythmus 21 (1921)
Hans Richter - Filmstudie (1926)
Hans Richter - Vormittagspuk (Ghosts before breakfast, 1927)
Viktor Eggeling's - Symphonie diagonale (1921)
Man Ray - Retour a la raison (1924)
Man Ray - Emak Bakia (1926)
Rene Clair & Francis Picabia - Entr'Acte (1924)
Fernand Leger & Dudley Andrew's - Ballet Mechanique (1924)
Movimiento panica (Alejandro Jodorowsky)
Fando y lis http://www.youtube.com/watch?v=ZnFMHQlZAUI
http://www.youtube.com/watch?v=5sguR05dgMY
Un perro andaluz
Performance
Corre, Lola corre
Dadaismo
Hans Richter - Rythmus 21 (1921)
Hans Richter - Filmstudie (1926)
Hans Richter - Vormittagspuk (Ghosts before breakfast, 1927)
Viktor Eggeling's - Symphonie diagonale (1921)
Man Ray - Retour a la raison (1924)
Man Ray - Emak Bakia (1926)
Rene Clair & Francis Picabia - Entr'Acte (1924)
Fernand Leger & Dudley Andrew's - Ballet Mechanique (1924)
Movimiento panica (Alejandro Jodorowsky)
Fando y lis http://www.youtube.com/watch?v=ZnFMHQlZAUI
http://www.youtube.com/watch?v=5sguR05dgMY
Sólo para locos, El lobo estepario de Hesse
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Nietzscheana
- noviembre 06, 2008
El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo había malbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña de vivir; había trabajado un buen rato, dando vueltas a los libros viejos; había tenido dolores durante dos horas, como suele tenerlos la gente de alguna edad; había tomado unos polvos y me había alegrado de que los dolores se dejaran engañar; me había dado un baño caliente, absorbiendo el calorcillo agradable; había recibido tres veces el correo y hojeado las cartas, todas sin importancia, y los impresos, había hecho mi gimnasia respiratoria, dejando hoy por comodidad los ejercicios de meditación; había salido de paseo una hora y había visto dibujadas en el cielo bellas y delicadas muestras de preciosos cirros. Esto era muy bonito, igual que la lectura en los viejos libros y el estar tendido en el baño caliente; pero, en suma, no había sido precisamente un día encantador, no había sido un día radiante, de placer y Ventura, sino simplemente uno de estos días como tienen que ser, por lo visto, para mí desde hace mucho tiempo los corrientes y normales; días mesuradamente agradables, absolutamente llevaderos, pasables y tibios, de un señor descontento y de cierta edad; días sin dolores especiales, sin preocupaciones especiales, sin verdadero desaliento y sin desesperanza; días en los cuales puede meditarse tranquila y objetivamente, sin agitaciones ni miedos, hasta la cuestión de si no habrá llegado el instante de seguir el ejemplo del célebre autor de los Estudios y sufrir un accidente al afeitarse.
El que haya gustado los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, por arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento, o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado.
Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.
En tal disposición de ánimo terminaba yo, al oscurecer, aquel día adocenado y llevadero. No lo terminaba de la manera normal y conveniente para un hombre algo enfermo, entregándome a la cama preparada y provista de una botella de agua caliente a modo de imán; sino que insatisfecho y asqueado por mi poquito de trabajo y descorazonado, me calcé los zapatos, me embutí en el abrigo, dirigiéndome a la calle rodeado de niebla y oscuridad, para beber en la hostería del Casco de Acero lo que los hombres que beben llaman «un vaso de vino«, según un convencionalismo antiguo.
Así bajaba yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras de la tierra extraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y limpias, de una decentísima casa de alquiler para tres familias, junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto, pero yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo de la pequeña burguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas burguesas. Esto debe ser un viejo sentimentalismo por mi parte. No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sino siempre exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía, decentísimos, aburridísimos e impecablemente cuidados, donde huele a un poco de trementina y a un poco de jabón y donde uno se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puerta de la casa o si se entra con los zapatos sucios. Me gusta sin duda esta atmósfera desde los años de mi infancia, y mi secreta nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva, sin esperanza, una y otra vez, por estos necios caminos.
Así es, y me gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida solitaria, ajetreada y sin afectos, completamente desordenada, con este ambiente familiar y burgués. Me complace respirar en la escalera este olor de quietud, orden, limpieza, decencia y domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene siempre algo emotivo para mí, y me complace luego atravesar la puerta de mi cuarto, donde todo esto termina, donde entre los montones de libros me encuentro las colillas de los cigarros y las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e incuria, y donde todo, libros, manuscritos, ideas, está sellado e impregnado por la miseria del solitario, por la problemática de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de un nuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía.
Y entonces pasé junto a la araucaria.
El que haya gustado los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, por arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento, o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado.
Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.
En tal disposición de ánimo terminaba yo, al oscurecer, aquel día adocenado y llevadero. No lo terminaba de la manera normal y conveniente para un hombre algo enfermo, entregándome a la cama preparada y provista de una botella de agua caliente a modo de imán; sino que insatisfecho y asqueado por mi poquito de trabajo y descorazonado, me calcé los zapatos, me embutí en el abrigo, dirigiéndome a la calle rodeado de niebla y oscuridad, para beber en la hostería del Casco de Acero lo que los hombres que beben llaman «un vaso de vino«, según un convencionalismo antiguo.
Así bajaba yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras de la tierra extraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y limpias, de una decentísima casa de alquiler para tres familias, junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto, pero yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo de la pequeña burguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas burguesas. Esto debe ser un viejo sentimentalismo por mi parte. No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sino siempre exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía, decentísimos, aburridísimos e impecablemente cuidados, donde huele a un poco de trementina y a un poco de jabón y donde uno se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puerta de la casa o si se entra con los zapatos sucios. Me gusta sin duda esta atmósfera desde los años de mi infancia, y mi secreta nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva, sin esperanza, una y otra vez, por estos necios caminos.
Así es, y me gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida solitaria, ajetreada y sin afectos, completamente desordenada, con este ambiente familiar y burgués. Me complace respirar en la escalera este olor de quietud, orden, limpieza, decencia y domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene siempre algo emotivo para mí, y me complace luego atravesar la puerta de mi cuarto, donde todo esto termina, donde entre los montones de libros me encuentro las colillas de los cigarros y las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e incuria, y donde todo, libros, manuscritos, ideas, está sellado e impregnado por la miseria del solitario, por la problemática de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de un nuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía.
Y entonces pasé junto a la araucaria.
"No le veo contenido, así que ni me gusta ni me disgusta" dijeron
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Nietzscheana
- noviembre 05, 2008
Las manivelas no giran, ser rió de tí la musa.
Con algún iglú en la Luna,
Con algún iglú en la Luna,
Con algún iglú en la Luna...
Escuchabamos a Moises en la Radio,con sus diez mandamientos.
Y salían estrellas del diorama que agitabamos entre las manos.
Fractales portando arpas.
Soles con pelos de colores bailando danzas.
Con algún iglú en la Luna,
Con algún iglú en la Luna,
Con algún iglú en la Luna...
Escuchabamos a Moises en la Radio,con sus diez mandamientos.
Y salían estrellas del diorama que agitabamos entre las manos.
Fractales portando arpas.
Soles con pelos de colores bailando danzas.
Sergio Algora
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Nietzscheana
- noviembre 04, 2008
VI NIÑOS
Vi niños y cáncer y violadas y motos embarradas y perros amaestrados y a dios en pelotas
y un nuevo modelo de taladro y mujeres de genitales deshinchables
y la seriedad del presentador que es lo que mas risa da. Y mientras me reconciliaba
con los de mi calaña,(los que nunca saldrán en una pantalla), APARECISTE
en tu spot, con un cisne bocaabajo tatuado en la nuez y una gota de perfume
"Meteoro" rodando por tus muslos, cuello...Luego otro plano tuyo llorando perfume
y en treinta segundos bañaste en sueño todo un mes de lodo. Sin tí, soy sin, un cero,
pues me enseñaste a nadar en la ciénaga y por mí te arrancabas las pestañas postizas
y bailabas con "My Bloody Valentine" y eras mi funda de deseo, dulce como un dulce desenvuelto.
Te he grabado en una cinta de chromo y canturreando "Never lose that feeling",
a conciencia mal vestido y feliz por estar un poco triste, salgo a la calle
sin saber en que bar, esta noche se emborrachan mis amigos.
Vi niños y cáncer y violadas y motos embarradas y perros amaestrados y a dios en pelotas
y un nuevo modelo de taladro y mujeres de genitales deshinchables
y la seriedad del presentador que es lo que mas risa da. Y mientras me reconciliaba
con los de mi calaña,(los que nunca saldrán en una pantalla), APARECISTE
en tu spot, con un cisne bocaabajo tatuado en la nuez y una gota de perfume
"Meteoro" rodando por tus muslos, cuello...Luego otro plano tuyo llorando perfume
y en treinta segundos bañaste en sueño todo un mes de lodo. Sin tí, soy sin, un cero,
pues me enseñaste a nadar en la ciénaga y por mí te arrancabas las pestañas postizas
y bailabas con "My Bloody Valentine" y eras mi funda de deseo, dulce como un dulce desenvuelto.
Te he grabado en una cinta de chromo y canturreando "Never lose that feeling",
a conciencia mal vestido y feliz por estar un poco triste, salgo a la calle
sin saber en que bar, esta noche se emborrachan mis amigos.
www.poemasdealgora.blogspot.com
Sergio Algora
by
Nietzscheana
- noviembre 04, 2008
HERALDO.es recupera un relato del músico y escritor aragonés Sergio Algora, publicado originalmente en la edición impresa de HERALDO DE ARAGÓN el 27/07/2006.
SERGIO ALGORA
VIERNES. Abría la carne como lo haría la punta de una flecha y asomaba su cabeza sonriente, saliendo de la herida, como lo haría un niño al ser descubierto en el escondecucas. "¿Sabes la suerte que tienes de que sea yo y no otra la que te dañe?", decía. Decía también, "soy el fin de lo que nace".
Los capítulos de los días iban cayendo en blanco al libro de las horas porque teníamos que conseguir que aquella guerra la ganaran los bares. Aquella guerra que andaba sola y no iba con nosotros. Sintiendo mi cuerpo como un uniforme y pensando que cualquier cuerpo podía ser el siguiente dependiendo de lo que durase la Batalla del Bar.
El día de la Mujer Invisible yo fui la habitación contigua al dormitorio donde daba su amor a los otros hombres.
SÁBADO. Heredamos los libros de nuestros mayores. Es hermoso sentirse vivo y hermanado en la cama con otra persona cuando las tripas hacen ruido. Sentirse vivo. Parece que quiero vender algo. Se acercan las niñas con sus huchas y me preguntan, "y los vivos, ¿heredan los vestidos de fiesta de los muertos?", "y los vivos, ¿no se asustan cuando escuchan esas risas en la calle, esas risas que suenan sin haber personas cerca y que parecen carcajearlas las sombras?", "y los vivos, ¿tienen algo en común con alguien?".
Abrazo a mi amor porque hemos heredado el hambre y lloro en su pelo.
DOMINGO. Pensando que las luces de los camarotes de los barcos en bajamar eran mi faro me eché al mar. Las ventanas brillaban como velas puestas en una mesa sin comensales. El mar leía en la noche los nombres de los barcos. El mar es sencillo como un hombre. Le es más fácil matar que amar.
SERGIO ALGORA
VIERNES. Abría la carne como lo haría la punta de una flecha y asomaba su cabeza sonriente, saliendo de la herida, como lo haría un niño al ser descubierto en el escondecucas. "¿Sabes la suerte que tienes de que sea yo y no otra la que te dañe?", decía. Decía también, "soy el fin de lo que nace".
Los capítulos de los días iban cayendo en blanco al libro de las horas porque teníamos que conseguir que aquella guerra la ganaran los bares. Aquella guerra que andaba sola y no iba con nosotros. Sintiendo mi cuerpo como un uniforme y pensando que cualquier cuerpo podía ser el siguiente dependiendo de lo que durase la Batalla del Bar.
El día de la Mujer Invisible yo fui la habitación contigua al dormitorio donde daba su amor a los otros hombres.
SÁBADO. Heredamos los libros de nuestros mayores. Es hermoso sentirse vivo y hermanado en la cama con otra persona cuando las tripas hacen ruido. Sentirse vivo. Parece que quiero vender algo. Se acercan las niñas con sus huchas y me preguntan, "y los vivos, ¿heredan los vestidos de fiesta de los muertos?", "y los vivos, ¿no se asustan cuando escuchan esas risas en la calle, esas risas que suenan sin haber personas cerca y que parecen carcajearlas las sombras?", "y los vivos, ¿tienen algo en común con alguien?".
Abrazo a mi amor porque hemos heredado el hambre y lloro en su pelo.
DOMINGO. Pensando que las luces de los camarotes de los barcos en bajamar eran mi faro me eché al mar. Las ventanas brillaban como velas puestas en una mesa sin comensales. El mar leía en la noche los nombres de los barcos. El mar es sencillo como un hombre. Le es más fácil matar que amar.
El estado de las cosas
by
Nietzscheana
- noviembre 04, 2008
Yo, autodiciendo, autodecidiendo.
lo que nadie (casi) quiere escuchar sin saber por qué.
Es más fácil negar,
escribir cuentos chinos en Japón,
y de repente, ser consciente,
de que el orgullo insipido se erige como siempre.
No importa, NOME importa
Colecciono impulsos, pulsiones, latencias,incoherencias,
de aquella gente que podría ser medusa
y se quedo en esponja
Algún día escribiré algo con vuestros instintos,
vuestras pulsiones sin ética ni memotécnica.
Algún día, tal vez, me paguen con dinero
vuestras, ni siquiera surrealistas necedades
Y eso que lo intentais, pero ni siquiera llegaís
Y lo harán para retribuir con lo que vosotros
no supisteis cumplir como personas
lo que nadie (casi) quiere escuchar sin saber por qué.
Es más fácil negar,
escribir cuentos chinos en Japón,
y de repente, ser consciente,
de que el orgullo insipido se erige como siempre.
No importa, NOME importa
Colecciono impulsos, pulsiones, latencias,incoherencias,
de aquella gente que podría ser medusa
y se quedo en esponja
Algún día escribiré algo con vuestros instintos,
vuestras pulsiones sin ética ni memotécnica.
Algún día, tal vez, me paguen con dinero
vuestras, ni siquiera surrealistas necedades
Y eso que lo intentais, pero ni siquiera llegaís
Y lo harán para retribuir con lo que vosotros
no supisteis cumplir como personas
Blog de Sergio Algora
by
Nietzscheana
- noviembre 04, 2008
Niño gusano
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Nietzscheana
- noviembre 04, 2008
Vetusta morla
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Nietzscheana
- noviembre 03, 2008
Nunca saber donde puedes terminar.....o empezar
