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Un hombre que duerme

Esto es tu vida. Esto te pertenece. Puedes hacer el inventario exacto de tu escasa fortuna, el balance preciso de tu primer cuarto de siglo. Tienes veinticinco años y veintinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos libros que ya no lees, algunos discos que ya no escuchas. No tienes ganas de acordarte de otra cosa, ni de tu familia, ni de tus estudios, ni de tus amores, ni de tus amigos, ni de tus vacaciones, ni de tus proyectos. Has viajado y no has traído nada de tus viajes. Estás sentado y no quieres más que esperar, sólo esperar hasta que no haya nada que esperar: que llegue la noche, que suenen las horas, que los días pasen, que los recuerdos se borren. No vuelves a ver a tus amigos. No abres la puerta. No bajas a buscar el correo. No devuelves los libros que sacaste de la Biblioteca del Instituto Pedagógico. No escribes a tus padres. Sólo sales a la caída de la noche, como las ratas, los gatos, los monstruos. Deambulas por las calles, te deslizas dentro de los pequeños cines mugrientos de los Grands Boulevards. A veces caminas toda la noche, a veces duermes todo el día.

No es que odies a los hombres, ¿por qué habrías de odiarlos? ¿Por qué habrías de odiarte? ¡Tan sólo desearías que pertenecer a la especie humana no fuera acompañado de este insoportable estrépito, que esos pocos pasos irrisorios que hemos dado dentro del reino animal no se pagasen con esta perpetua indigestión de palabras, de proyectos, de grandes comienzos!


No desear ya nada. Esperar, hasta que ya no haya nada que esperar. Deambular, dormir. Dejarte llevar por las multitudes, por las calles. Seguir las cunetas, las rejas, el agua a lo largo de las riberas. Caminar por los muelles, rozar las paredes. Perder el tiempo. Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin despecho, sin rebeldía.

No has aprendido nada, sólo que la soledad no enseña nada, que la indiferencia no enseña nada: era un engaño, una ilusión fascinante y traicionera. Estabas solo y eso es todo, y querías protegerte; que entre el mundo y tú los puentes se rompieran para siempre.

Un hombre que duerme, Georges Perec

4.48 psicosis de Sara Kane

- Viste lo peor de mí.
- Sí.
- Yo no se nada de ti.
- No.
- Pero me gustas.
- Tú me gustas.
(Silencio.)
- Eres mi última esperanza
(Un largo silencio.)
- No necesitas un amigo necesitas un medico.
(Un largo silencio.)
- Estas tan equivocado.
(Un largo silencio.)

4.48 psicosis

Estoy triste
Siento que el futuro no tiene esperanza y que las cosas no pueden mejorar
Me aburre todo y nada me satisface
Como persona soy un rotundo fracaso
Soy culpable, se me esta castigando
Me gustaría matarme
Antes podía llorar pero ahora estoy más allá de lágrimas
He perdido el interés en los demás
No puedo tomar decisiones
No puedo comer
No puedo dormir
No puedo pensar
No puedo sobrellevar mi soledad, mi miedo, mi asco
[...]
No puedo escribir
No puedo amar
Mi hermano se muere, mi amante se muere, lo estoy matando a ambos
Voy como una tromba hacia mi muerte
Me aterra la medicación
No puedo hacer el amor
No puedo culiar
No puedo estar sola
No puedo estar con otros
[...]
A las 4.48
Cuando la desesperación visita
Habré de colgarme
[...]
No quiero morir
Mi mortalidad me deprimió tanto que he decido cometer suicidio
No quiero vivir
[...]
Me he resignado a la muerte este año
Algunos llamaran a esto autoindulgencia
(Tienen suerte de no conocer su veracidad)
Algunos conocerán el simple hecho del dolor
Esto se esta volviendo mi normalidad


Jamás en la vida tuve problemas en darle a otro lo que quería. Pero nadie ha podido jamás hacer eso por mí. Nadie me toca, nadie se me acerca. Pero ahora me tocaste en algún lugar tan profundo que no lo puedo creer y no puedo ser eso para ti. Porque no te encuentro.


- No hay una sola droga en la tierra que pueda hacer que la vida tenga sentido.
- Tú permites este estado de desesperado absurdo.
(Silencio.)
OK, hagámoslo, vamos con las drogas, vamos con la lobotomía química, apaguemos las funciones elevadas de mi cerebro y a lo mejor así soy un poquito mas capaz de vivir.
Hagámoslo.

Curiosidades

Besos según dónde:

En Oceanía, más en concreto en algunas zonas de la Polinesia, la manera de saludar es muy similar a la de los esquimales. Las chicas nunca besan a sus amantes en la boca, y en su lugar pegan la nariz a las de su pareja y aspiran durante unos instantes.

Costumbres más extrañas encontramos en África, donde en el norte de Malawi, el pueblo de los Ngá, se saludan sacudiendo el miembro viril del contrario, en dos sacudidas, o incluso tres si son familiares, si se dan más, puede incitar a opiniones homofóbicas. Las mujeres se dan apretones en los pechos, igualmente clasificadas.
Cuando se saludan hombres y mujeres el intercambio entre sacudidas es similar, y en caso de llegar hasta cuatro, significa que hay un interés el uno por el otro. Esta singular forma de saludo viene de la creencia del algunas tribus que consideran un peligro besarse pues en la antigüedad creían que el alma se les podía escapar por la boca.

En el extremo opuesto de tanta familiaridad se encuentran los asiáticos. En China y Japón no se tocan para nada. Los japonenses saludan inclinando la cabeza, y dependiendo del respeto que se tengan la inclinación será mayor. Los besos apasionados se dan en el cuello o en las manos, pero nunca en los labios, ya que según las tradiciones el beso es una forma de dar y recibir energía espiritual.

Pessoa

"¡Dichosos los creadores de sistemas pesimistas! No sólo se defienden por haber hecho cualquier cosa, sino que también se alegran con la explicación y se incluyen en el dolor universal. Yo no me quejo por el mundo. No protesto en nombre del universo. [...]Yo no soy pesimista, soy triste"

"Siempre rechacé que me comprendieran. Ser comprendido es prostituirse."

“Nunca amamos a nadie. Amamos, tan solamente, a la idea que nos hacemos de alguien. Es a un concepto nuestro —en suma a nosotros mismos— a lo que amamos”.

Pessoa

La única actitud digna de un hombre superior es el persistir tenaz en una actividad que se reconoce inútil, el hábito de una disciplina que se sabe estéril, y el uso fijo de normas de pensamiento filosófico y metafísico cuya importancia se siente como nula.

Pessoa

La soledad me desola; la compañía me oprime. La presencia de otra persona me desorienta los pensamientos; sueño su presencia con una distracción especial, que toda mi atención analítica no consigue definir.

El aislamiento me talló a su imagen y semejanza. La presencia de otra persona –basta una sola persona- me retrasa de inmediato el pensamiento y, mientras que en el hombre normal el contacto con los otros es un estímulo para la expresión y para la palabra, en mí ese contacto es un contra-estímulo, si es que esta palabra compuesta es viable en el marco del lenguaje. Soy capaz, a solas conmigo mismo, de idear innumerables dichos, respuestas rápidas a lo que nadie preguntó, fulguraciones de una sociabilidad inteligente con ninguna persona; pero todo eso se me desvanece si estoy ante otro físico, pierdo la inteligencia, dejo de poder hablar, y, al cabo de unos cuartos de hora, sólo siento sueño. Sí, hablar con la gente me da ganas de dormir. Sólo mis amigos espectrales e imaginados, sólo mis conversaciones sucedidas en sueños , tienen una verdadera realidad y una relevancia justa, y en ellos el espíritu está presente como una imagen en el espejo.
Me apesadumbra, por otra parte, la sola idea de ser forzado a un contacto con otro. Una simple invitación para cenar con un amigo me produce una angustia difícil de definir. La idea de una obligación social cualquiera –ir a un entierro, tratar con alguien de algo de la oficina, ir a esperar a la estación a una persona, conocida o desconocida-, sólo esa idea me perturba los pensamientos de todo un día, y a veces empiezo a preocuparme desde la misma víspera, y duermo mal, y el caso real, cuando ha pasado, es absolutamente insignificante, no justifica nada; y el caso se repite y yo no aprendo nunca a aprender.
“Mis hábitos son los de la soledad, no los de los hombres”; no sé si fue Rousseau, si Senancour, quien dijo esto. Pero fue algún espíritu de mi especie –no podré quizás decir que de mi raza

Pessoa, El libro del desasosiego

Cioran

Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado.


Sólo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?.



Creo en la salvación de la humanidad, en el porvenir del cianuro.


Cioran

Cioran

Nada es importante

¿Qué importancia puede tener que yo me atormente, que sufra o que piense? Mi presencia en el mundo no hará más que perturbar, muy a mi pesar, algunas existencias tranquilas y turbar -más aún a mi pesar- la dulce inconsciencia de algunas otras. A pesar de que siento que mi propia tragedia es la más grave de la historia -más grave aún que la caída de los imperios o cualquier derrumbammiento en el fondo de una mina-, poseo el sentimiento implícito de mi nimiedad y mi insignificancia. Estoy persuadido de no ser nada en el universo y sin embargo siento que mi existencia es la única real. Más aún: si debiera escoger entre la existencia del mundo y la mía propia, eliminaría sin dudarlo la primera con todas sus luces y sus leyes para planear totalmente solo en la nada. A pesar de que la vida me resulta un suplicio, no puedo renunciar a ella, dado que no creo en lo absoluto de los valores por los que debería sacrificarme. Si he de ser sincero, debo decir que no sé por qué vivo, ni por qué no dejo de vivir. La clave se halla, probablemente, en la irracionalidad de la vida, la cual hace que ésta perdure sin razón. ¿Y si sólo hubiera razones absurdas de vivir? El mundo no merece que alguien se sacrifique por una idea o una creencia. ¿Somos nosotros más felices hoy porque otros se sacrificaron por nuestro bien? Pero, ¿qué bien? Si alguien realmente se ha sacrificado para que yo sea hoy más feliz, soy en realidad aún más desgraciado que él, pues no deseo construir mi existencia sobre un cementerio. Hay momentos en los que me siento responsable de toda la miseria de la historia, en los que no comprendo por qué algunas personas han derramado su sangre por nosotros. La ironía suprema sería darse cuenta de que ellos fueron más felices que nosotros lo somos hoy. ¡Maldita sea la historia!
Nada debería interesarme ya; hasta el problema de la muerte debería parecerme ridículo; ¿el sufrimiento?-estéril y limitado; ¿el entusiasmo? -impuro; ¿la vida? -racional; ¿la dialéctica de la vida?
-lógica y no demoníaca; ¿la desesperación? -menor y parcial; ¿la eternidad? -una palabra vacía; ¿la experiencia de la nada? -una ilusión; ¿la fatalidad? -una broma… Si lo pensamos seriamente, ¿para qué sirve todo ello en realidad? ¿Para qué interrogarse, para qué intentar aclarar o aceptar sombras? ¿No valdría más que yo enterrase mis lágrimas en la arena a la orilla del mar, en una soledad absoluta? El problema es que nunca he llordo, pues mis lágrimas se han trasformado en pensamientos tan amargos como ellas.


En las cimas de la desesperación
E. Cioran

Hesse, El lobo estepario

La mayor parte de los hombres no quieren nadar antes de saber. ¡No quieren nadar, naturalmente! Han nacido para la tierra, no para el agua. Y, naturalmente, no quieren pensar; como que han sido creados para la vida, ¡no para pensar! Claro, y el que piensa, el que hace de pensar lo principal, ése podrá acaso llegar muy lejos de esto; pero ése precisamente ha confundido la tierra con el agua, y un día u otro se ahogará


El lobo estepario
Hermann Hesse

Feuerbach

Los dogmas fundamentales del cristianismo son deseos del corazón cumplidos –la esencia del cristianismo es la esencia del sentimiento. Es más cómodo sufrir que actuar; es más cómodo dejarse redimir y liberar por otro, que liberarse a sí mismo; es más cómodo hacer depender su salvación de otra persona, que de la propia fuerza; es más cómodo amar que anhelar; es más cómodo saberse amado de Dios, que amarse a sí mismo con un amor sencillo o natural, innato en todos los seres; es más cómodo reflejarse en los ojos amorosos de otro ser personal, que en el espejo cóncavo del propio yo o en el abismo frío del océano de la naturaleza; es más cómodo en general, dejarse llevar por sus propios sentimientos, que determinarse por la inteligencia misma cuando esos sentimientos tienen la apariencia como si fueran de otro, aunque en el fondo sean los sentimientos del propio yo.


La esencia del cristianismo
Feuerbach
Clara Lüge. Con la tecnología de Blogger.