Beigbeder - 13,99

Fragmentos:

Llega un momento, cuando a la gente se le repite demasiado que su vida no tiene ningún sentido, que se vuelve completamente loca, empiezan a correr en todas las direcciones pegando gritos, no logra aceptar que su existencia carece de objetivo, pensándolo bien resulta bastante inadmisible pensar que uno está aquí para nada, para morir y nada más, no es extraño que todo el mundo acabe pirado.

No es la naturaleza, es la esperanza la que siente horror por el vacío.

Hay que desaparecer como Gauguin, Rimbaud o Castaneda, eso es todo.

Qué demonios está haciendo ahí (siempre la misma pregunta, desde su nacimiento).

Hay que desaparecer como Gauguin, Rimbaud o Castaneda, eso es todo.


Todo es provisional: el amor, el arte, el planeta Tierra, vosotros, yo. La muerte es algo tan ineludible que pilla a todo el mundo por sorpresa. ¿Cómo saber si este día no será el último? Creemos tener tiempo. Y luego, de repente, ya está, nos ahogamos, fin del tiempo reglamentario. La muerte es la única cita que no está anotada en nuestra agenda.


Soy publicista: eso es, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. Cielo eternamente azul, tías que nunca son feas, una felicidad perfecta, retocada con el PhotoShop. Imágenes relamidas, músicas pegadizas. Cuando, a fuerza de ahorrar, logréis comprar el coche de vuestros sueños, el que lancé en mi última campaña, yo ya habré conseguido que esté pasado de moda. Os llevo tres temporadas de ventaja, y siempre me las apaño para que os sintáis frustrados.

El hedonismo no es una forma de humanismo: es un simple flujo de caja. ¿Su lema? «Gasto, luego existo.» Para crear necesidades, sin embargo, resulta imprescindible fomentar la envidia, el dolor, la insaciabilidad: éstas son nuestras armas. Y vosotros sois mi blanco.

Creo que, en el fondo, sólo deseaba hacer el bien a mi alrededor. No fue posible por dos razones: porque me lo impidieron, y porque abdiqué. Las personas movidas por las mejores intenciones siempre son las que acaban convirtiéndose en monstruos.

Puedo garantizaros que, a este precio, todo está a la venta —sobre todo vuestra alma.

Te soy fiel: eres la única persona a la que tengo ganas de engañar.

Y lo raro es que, mientras ella se marchaba llorando, tú te dabas perfecta cuenta de que el que huía eras tú.

El noventa y cinco por ciento de la gente aceptaría acostarse si les ofrecieran diez mil francos. Cualquier tía te la chuparía por la mitad de dinero. Primero se hará la ofendida, no presumirá de ello delante de sus amigas, pero creo que, a cambio de cinco de los grandes, te hará lo que tú quieras. E incluso por menos.

En compañía de una mujer digamos que «normal», uno tiene que esforzarse, presumir, ofrecer su lado bueno, en definitiva, mentir: es el hombre quien hace a la puta.

Pasados los treinta, todo el mundo se blinda: después de algunas decepciones amorosas, las mujeres rehúyen el peligro, salen con viejos imbéciles que las tranquilizan; los hombres ya no desean querer, prefieren tirarse a lolitas o a putas; todo el mundo se protege con un caparazón; uno no quiere volver a sentirse nunca más ridículo ni desgraciado. Echas de menos la edad en que el amor no causaba dolor. A los dieciséis años, salías con chicas y las dejabas o ellas te dejaban a ti sin problemas, en dos minutos, asunto liquidado. ¿Por qué, más adelante, todo pasó a ser tan importante? En buena lógica, debería haber ocurrido al revés: dramas en la adolescencia, intrascendencia en la treintena. Pero no es el caso. Cuanto más envejece uno, más cómodo se vuelve. A los treinta y tres años somos demasiado serios.

Delante de ti, una chica sonríe.
La amas. Ella nunca lo sabrá.
Qué lástima.
Ha sido un hermoso minuto.

Dormid, buena gente, «Todo el mundo es infeliz en el mundo moderno», avisó Charles Péguy. Es cierto: los parados son infelices por no tener trabajo, y los que trabajan por tenerlo. Dormid tranquilos, tomad vuestro Prozac. Y, sobre todo, no os hagáis preguntas. Hier ist kein warum.

Esta escena transcurría hacia principios del tercer milenio después de J. C. (Jesucristo: excelente redactor-creativo, autor de numerosos títulos que siguen siendo célebres: «AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS», «TOMAD Y COMED PORQUE ÉSTE ES MI CUERPO», «PERDÓNALOS, SEÑOR, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN», «LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS», «EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO», ah, no, eso era de su padre).

Ves tu propia decadencia en el espejo: ¿sabías que, etimológicamente, narcisista y narcótico proceden de la misma palabra?

 Todas las chicas de hoy hacen lo mismo: mantener la boca entreabierta y los ojos embobados como Audrey Marnay en una serie fotográfica de Terry Richardson; en la actualidad, el colmo del arribismo consiste en fingir inocencia.

Octave intenta no perder la concentración. Hay que resistir sin farlopa, asumir la realidad sin estimulantes, hay que integrarse en la sociedad, respetar a los demás, aceptar las reglas del juego.

—Basta ya de bromas. ¿Alguna vez habéis pensado, queridas señoritas, que toda la gente que veis, todos esos idiotas con los que os cruzáis mientras conducís, todas esas personas, absolutamente todas sin excepción, van a morir? ¿Aquel de allí, al volante de su Audi Quattro? ¿Y ésa, la cuarentona pasada de revoluciones que acaba de adelantarnos con su Mini Austin? ¿Y todos los habitantes de esos inmuebles, parapetados detrás de ineficaces paredes insonorizadas? ¿Acaso habéis pensando en el montón de cadáveres que todo esto representa? Desde que existe el planeta, ochenta mil millones de seres humanos han vivido aquí. Conservad esta imagen en vuestra mente. Debemos de andar cerca de los ochenta mil millones de muertes. ¿Acaso habéis visualizado que todas estas personas beneficiadas por una prórroga forman un gigantesco montón de futuros cadáveres, un paquete de malolientes cuerpos que todavía está por llegar? La vida es un genocidio.

El avión está hasta los topes de publicitarios. Si se estrellase, sería el principio del triunfo de la Sinceridad.

—Después de todo lo que los hombres han hecho por él, Dios podría por lo menos haberse tomado la molestia de existir, ¿no os parece?

—Te invito a mi choza.
Pero como no domina su impreciso acento, Octave entiende:
—Te invito a mi cosa.
Es curioso. Como el engaño es recíproco, no hay confusión. Pero él pone su mano sobre el rostro de ella mientras murmura:
—Querida, yo no follo con las chicas: prefiero perderlas.

En África, un blanco que se dirige a un negro ya no lo hace con la condescendencia racista de los colonizadores de antaño; ahora todo resulta mucho más violento. Ahora el blanco tiene la mirada piadosa del sacerdote que administra la extremaunción a un condenado a muerte.

Bukowski - La máquina de follar

Yo tenia aquel complejo de suicidio y los graves ataques depresivos y no podía soportar las muchedumbres y, sobre todo, no podía soportar estar en una larga cola esperando por algo. Y en eso es en lo que se está convirtiendo toda la sociedad: largas colas y esperar por algo. Intenté suicidarme con gas y no resultó. Pero tenia otro problema. Mi problema era salir de la cama, siempre. Solía decir a la gente «Los mayores inventos del hombre son la cama y la bomba atómica: la primera te aisla y la segunda te ayuda a escapar». Me tomaban por loco. Juegos de niños, eso es todo lo que hace la gente, juegos de niños. Van del coño a la tumba sin que les roce siquiera el horror de la vida.
Sí, me fastidiaba levantarme de la cama por la mañana. Esto significaba empezar la vida de nuevo y después de estar en la cama toda la noche has creado un tipo de intimidad a la que es muy difícil renunciar. Yo siempre fui un solitario. Perdona, supongo que lo que me pasa es que estoy desquiciado, pero, quiero decir, salvo por lo de hechar un polvete de vez en cuando, no me importaría que todos los habitantes del mundo se muriesen. Sí, se que no es agradable. Pero yo me pondría tan contento como un caracol; después de todo fue la gente la que me hizo un desgraciado.

Bukowski,  La máquina de follar

Haruki Murakami - Baila, baila, baila

Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no liar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.

Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.

Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?” me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasamos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.

Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.

“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo.”

“Aha”

“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa. “Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”

“Ni idea.”

“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna.”

“Este es un pequeño paso para el hombre...”

“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”

“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.

Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.

“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna.”

“El aire de la luna no es liviano” le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso...”

“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oírla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tú y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé.”

“Faltan datos” le digo.

“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”

“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo” contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general.”

“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.

“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses.”

Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.

“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.

“¿No hace frío?”, le pregunto.

“¿Quieres decir en la luna?”

“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oír mis palabras parece tomar consciencia de ello.

Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.

Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.

¿Qué se supone que debo decir?

El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.

“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer.”

Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.

“¿Qué tienes para desayunar?” me pregunta.

“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente” contesto.

“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”

“Ningún problema” le aseguro.

“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”

“Francamente, no tengo ni idea.”

“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oír el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener.”

“Pues vamos a verlo”, le digo riendo.

No soy un tipo raro.

Eso creo, de verdad.

No voy a decir que sea el prototipo de la persona corriente, pero no soy raro. A mi manera, soy un ser humano absolutamente normal. Soy, necesariamente, todo lo normal que se pueda ser. Y esto es tan obvio, que lo que piensen los demás no me preocupa lo más mínimo. No es mi problema; en todo caso, será su problema.

 Hay quienes me tienen por más imbécil de lo que soy. Otros, en cambio, me creen excesivamente calculador. Pero eso me da igual. Además, ese “más de lo que soy” es sólo una forma de expresar una comparación con la imagen que tengo de mí mismo. Los demás me pueden ver imbécil o calculador, pero ése es un problema que no me preocupa. No hay malentendidos en el mundo, sólo diferentes formas de pensar. Y esta es mi forma de pensar.

Pero también hay personas que pueden extraer la normalidad que hay en mí. Son muy escasas, pero existen. Ellos/as y yo nos atraemos mutuamente de una forma completamente natural, como dos planetas flotando en el espacio oscuro del universo, y luego nos separamos. Aparecen en mi vida, se relacionan conmigo, y un buen día desaparecen. Son mis amigos, mis amantes, mi esposa incluso. A veces acabamos enfrentados. Pero siempre, en todos los casos, acaban yéndose. Se rinden, o pierden las esperanzas, o caen en el silencio (no sale nada del grifo, por muchas vueltas que le den), y finalmente desaparecen. Tengo una habitación con dos puertas. Una de entrada, otra de salida. Las dos no son compatibles. No se puede salir por la entrada, ni entrar por la salida. Esas son las reglas. La gente entra por la entrada, y sale por la salida. Hay muchas formas de entrar y muchas formas de salir. Pero lo que no cambia es que todos acaban saliendo. Unos se fueron en busca de nuevas posibilidades, otros por ahorrar tiempo. Otros murieron. No ha quedado nadie. No hay nadie en la habitación, sólo yo. Tengo siempre muy presente su ausencia. La de quienes se fueron. Las palabras que dijeron, los alientos que exhalaron, las canciones que tararearon... Todo lo veo flotando como un polvillo por las esquinas de la habitación.

Probablemente, la imagen que ellos vieron de mí se acercaba bastante a la realidad. Por eso se me aproximaron, y por eso también se fueron. Ellos reconocieron la normalidad que hay en mí, y mis sinceros esfuerzos por conservarla. Me hablaron y me abrieron su corazón. Casi todos se portaron bien conmigo. Pero no había nada que yo pudiera darles, y si algo les di no fue suficiente. Siempre me esforcé por darles todo lo posible. Hice todo lo que pude. Y también buscaba algo en ellos. Pero al final no resultó. Y se fueron.

Es duro, por supuesto.

Pero más duro aún es el hecho de que salieran de la habitación mucho más tristes que cuando entraron. Salían con una parte de sí mismos erosionada. Yo me daba cuenta de ello. Es curioso, pero ellos parecían estar mucho más erosionados que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre quedo yo? ¿Y por qué queda siempre en mis manos la sombra de alguien erosionado? ¿Por qué? No lo sé.

Faltan datos.

Por eso nunca obtengo la solución.

Hay algo que falta.

Un día, al volver de una reunión de trabajo, encontré una postal en el buzón. Era una foto de un astronauta caminando por la superficie de la luna. No había remite, pero al primer vistazo supe quién me la enviaba.

“Será mejor que no volvamos a vernos”, había escrito. “Pronto me casaré con un terrícola.”

Escuché el sonido de la puerta al cerrarse.

Datos insuficientes. No hay solución. Pulse Borrar.

Pantalla en blanco.

Me pregunto cuánto tiempo más van a continuar así las cosas. Tengo ya treinta y cuatro años. ¿Hasta cuándo?

No estaba triste. Al fin y al cabo, estaba claro que yo era el único responsable. Era natural que ella se alejara de mí, y lo sabía desde el principio. Los dos lo sabíamos. Pero perseguíamos un modesto milagro, una oportunidad de cambiar las cosas en lo fundamental. Pero esa oportunidad no se presentó, claro. Y ella salió. Cuando se fue me sentí solo, pero era una soledad que ya había experimentado antes. Sabía que acabaría superándola.

Ya estoy acostumbrado.

Pensar estas cosas me hace sentir mal. Siento surgir en mis entrañas un líquido negro que pugna por subir hasta la garganta. Me pongo delante del espejo del cuarto de baño. Este soy yo. Sí, ése eres tú. También tú estás gastado, mucho más de lo que crees. Me veo la cara más sucia y envejecida que nunca. Me lavo la cara meticulosamente con jabón, y me doy unas friegas con la loción. Luego me lavo las manos, y me seco bien con una toalla nueva. Voy a la cocina y ordeno los contenidos del frigorífico mientras bebo una lata de cerveza. Tiro los tomates echados a perder, alineo las cervezas, cambio de sitio las fiambreras, hago la lista de la compra.

Al amanecer estoy solo, y mientras miro distraídamente la luna me pregunto hasta cuándo seguirá esto. Seguramente encontraré a otra mujer dentro de poco. Y nos atraeremos de forma natural, como dos planetas. Y esperaremos inútilmente un milagro, malgastando el tiempo, erosionando nuestros corazones. Hasta que nos separemos.

¿Hasta cuándo?

Haruki Murakami - Kafka en la orilla


A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con La Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí solo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.
Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillos se tratase. Muchas personas has derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No!. Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.

Sylvia Lago - El suicidio en la narrativa




“un acto como éste se prepara en el
silencio del corazón, como una gran obra”

A. Camus: El mito de Sísifo


A. Camus: El mito de SísifoDescartada toda esperanza, en el momento en que se accede a esa zona agónica en la cual no se soporta ‘el-ser-con-el-otro’, situado el individuo en la peligrosa frontera que separa el ‘acá’ del ‘allá» ; la propia voz repliega su sonido y su furia y se hace sólo un eco que no alcanza a traspasar la esfera cerrada de la interioridad. En uso de una libre elección cuyo acto final ha venido gestándose, al decir de Camus1, ‘en el silencio del corazón’, el hombre opta por desprenderse del mundo, se desgaja de la vida, por propia voluntad (el vocablo «suicidio» proviene del latín: de ‘sui’ --que significa «de sí»-- y «caedere» --»matar», «tronchar», en sus orígenes-- o sea, «el que se mata a si mismo», adelantando el insoslayable destino de todo ser vivo. El suicida muere, decíamos, por absoluta y libre elección:

La decisión de permanecer vivo o morir es quizás el ejemplo supremo de autodeterminación», sostiene Bruno Bettelheim, destruyendo, de acuerdo a Durkheim, el vínculo de lo social y lo individual. Exiliado de su entorno, el individuo se mata, y matarse, obviamente, no es igual que morir. Esa deliberada (y definitiva) interrupción de la actividad vital ha sido y es, para muchas sociedades, convertirse en infractor; es cometer, como lo advierte Dante, «violencia contra sí mismo». 

Nietzsche pondría en labios de Zaratustra 1o siguiente: «Yo alabo mi muerte, la libre muerte, que llega porque yo quiero». Y, considerando el suicidio como única salida ante una instancia de vida intolerable, Hume entendía que se constituía en el único modo de salvar la dignidad y la libertad. 


Para Schopenhauer el suicidio, «lejos de ser negación de la voluntad, es, en cambio, un acto de fuerte afirmacióni de la voluntad». La tristeza, la desazón, la melancolía, la desesperanza, la desesperación, son estados emocionales que suelen sustentar este ejercicio libre, y a la vez patético, del albedrío, que aparece como prerrogativa exclusivamente humana10. El individuo que ha dictaminado para sí su renuncia y alejamiento de la vida, en su incubación de la muerte se va paralizando, enquistando en una situación cuyas motivaciones, si bien pueden ser, a veces, comprendidas, no admiten, sin embargo, una explicación racional. En el meollo recóndito de su yo, distiende el suicida los vínculos que lo unen a la vida; las ataduras que lo ligaban al conjunto social se debilitan, se aflojan hasta desaparecer. Opción existencial que permite a quien la asume dar al mundo una negadión terminante, el suicidio puede relacionarse, pues, a la «insoportabilidad de la vida», expresión ésta usada modernamente por Bruno Callieri. ‘«Cuando se determinan ciertas situaciones o cuando tienen lugar ciertos cambios en su modo natural de desnvolverse, la vida puede resultar insoportable», señala, asimismo, K. Jaspers.

La imposibilidad de coexistencia de las partes integradoras de la personalidad (los múltiples yoes que conviven en cada uno de nosotros), preparan el camino hacia ese acto con que el suicida se singulariza, de forma definitiva, proclamando su poder de subvertir el orden colectivo que desafía.

Resumiendo su breve historia trágica desde sus «furias amorosas» hasta su fin, ¿cabría acaso asociarla a esta interrogante que plantea Jacques Lacan: «Hay que hallar el móvil último del principio de placer en la tendencia de la vida a volver a la muerte, como si la clave de la evolución libidinal fuera conocer el descanso de las piedras?»

Sylvia Lago


Clara Lüge. Con la tecnología de Blogger.