Sylvia Lago - El suicidio en la narrativa

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“un acto como éste se prepara en el
silencio del corazón, como una gran obra”

A. Camus: El mito de Sísifo


A. Camus: El mito de SísifoDescartada toda esperanza, en el momento en que se accede a esa zona agónica en la cual no se soporta ‘el-ser-con-el-otro’, situado el individuo en la peligrosa frontera que separa el ‘acá’ del ‘allá» ; la propia voz repliega su sonido y su furia y se hace sólo un eco que no alcanza a traspasar la esfera cerrada de la interioridad. En uso de una libre elección cuyo acto final ha venido gestándose, al decir de Camus1, ‘en el silencio del corazón’, el hombre opta por desprenderse del mundo, se desgaja de la vida, por propia voluntad (el vocablo «suicidio» proviene del latín: de ‘sui’ --que significa «de sí»-- y «caedere» --»matar», «tronchar», en sus orígenes-- o sea, «el que se mata a si mismo», adelantando el insoslayable destino de todo ser vivo. El suicida muere, decíamos, por absoluta y libre elección:

La decisión de permanecer vivo o morir es quizás el ejemplo supremo de autodeterminación», sostiene Bruno Bettelheim, destruyendo, de acuerdo a Durkheim, el vínculo de lo social y lo individual. Exiliado de su entorno, el individuo se mata, y matarse, obviamente, no es igual que morir. Esa deliberada (y definitiva) interrupción de la actividad vital ha sido y es, para muchas sociedades, convertirse en infractor; es cometer, como lo advierte Dante, «violencia contra sí mismo». 

Nietzsche pondría en labios de Zaratustra 1o siguiente: «Yo alabo mi muerte, la libre muerte, que llega porque yo quiero». Y, considerando el suicidio como única salida ante una instancia de vida intolerable, Hume entendía que se constituía en el único modo de salvar la dignidad y la libertad. 


Para Schopenhauer el suicidio, «lejos de ser negación de la voluntad, es, en cambio, un acto de fuerte afirmacióni de la voluntad». La tristeza, la desazón, la melancolía, la desesperanza, la desesperación, son estados emocionales que suelen sustentar este ejercicio libre, y a la vez patético, del albedrío, que aparece como prerrogativa exclusivamente humana10. El individuo que ha dictaminado para sí su renuncia y alejamiento de la vida, en su incubación de la muerte se va paralizando, enquistando en una situación cuyas motivaciones, si bien pueden ser, a veces, comprendidas, no admiten, sin embargo, una explicación racional. En el meollo recóndito de su yo, distiende el suicida los vínculos que lo unen a la vida; las ataduras que lo ligaban al conjunto social se debilitan, se aflojan hasta desaparecer. Opción existencial que permite a quien la asume dar al mundo una negadión terminante, el suicidio puede relacionarse, pues, a la «insoportabilidad de la vida», expresión ésta usada modernamente por Bruno Callieri. ‘«Cuando se determinan ciertas situaciones o cuando tienen lugar ciertos cambios en su modo natural de desnvolverse, la vida puede resultar insoportable», señala, asimismo, K. Jaspers.

La imposibilidad de coexistencia de las partes integradoras de la personalidad (los múltiples yoes que conviven en cada uno de nosotros), preparan el camino hacia ese acto con que el suicida se singulariza, de forma definitiva, proclamando su poder de subvertir el orden colectivo que desafía.

Resumiendo su breve historia trágica desde sus «furias amorosas» hasta su fin, ¿cabría acaso asociarla a esta interrogante que plantea Jacques Lacan: «Hay que hallar el móvil último del principio de placer en la tendencia de la vida a volver a la muerte, como si la clave de la evolución libidinal fuera conocer el descanso de las piedras?»

Sylvia Lago


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