EL DESIERTO DE MI ISLA

EL DESIERTO DE MI ISLASoy una isla.
Todos quieren llegar,
traerse un libro,
algo de comida
y un amor.
Imaginan los árboles,
piensan en el mar que no se vacía,
son capaces de tumbarse sobre
mi arena
y ser ellos mismos
porque es terriblemente sencillo:
en mí no existen los espejos,
cuido con esmero la contracción del paisaje,
acaricio el pasado y los errores ajenos,
marco el camino y no el tesoro
y me mantengo siempre estática,
sin hacer ruido, sin causar peligro,
esperando el golpe con las palmas abiertas.
Es fácil querer llegar.
Querer quedarse es igual de fácil
que ahogarse en una gota
de agua.
Es así: todos quieren llegar
y, sin embargo,
todos quieren irse
en el momento en el que llegan.
Quizá sea por el olor a polvo que me cubre,
por el viento que va dejando partes de mí
en cada trozo de tierra que piso
y me devuelve incompleta a la orilla,
por el cansancio de mis ojos
que siempre están en otra parte
o, quizá, porque nadie quiere vivir
en un lugar deshabitado.
Nadie quiere estar en una isla desierta
cuando se hace de noche.
By: Elvira Sastre,

Cortazar - toco tu boca


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad, elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde el aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces, mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llenas de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Beigbeder - 13,99

Fragmentos:

Llega un momento, cuando a la gente se le repite demasiado que su vida no tiene ningún sentido, que se vuelve completamente loca, empiezan a correr en todas las direcciones pegando gritos, no logra aceptar que su existencia carece de objetivo, pensándolo bien resulta bastante inadmisible pensar que uno está aquí para nada, para morir y nada más, no es extraño que todo el mundo acabe pirado.

No es la naturaleza, es la esperanza la que siente horror por el vacío.

Hay que desaparecer como Gauguin, Rimbaud o Castaneda, eso es todo.

Qué demonios está haciendo ahí (siempre la misma pregunta, desde su nacimiento).

Hay que desaparecer como Gauguin, Rimbaud o Castaneda, eso es todo.


Todo es provisional: el amor, el arte, el planeta Tierra, vosotros, yo. La muerte es algo tan ineludible que pilla a todo el mundo por sorpresa. ¿Cómo saber si este día no será el último? Creemos tener tiempo. Y luego, de repente, ya está, nos ahogamos, fin del tiempo reglamentario. La muerte es la única cita que no está anotada en nuestra agenda.


Soy publicista: eso es, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. Cielo eternamente azul, tías que nunca son feas, una felicidad perfecta, retocada con el PhotoShop. Imágenes relamidas, músicas pegadizas. Cuando, a fuerza de ahorrar, logréis comprar el coche de vuestros sueños, el que lancé en mi última campaña, yo ya habré conseguido que esté pasado de moda. Os llevo tres temporadas de ventaja, y siempre me las apaño para que os sintáis frustrados.

El hedonismo no es una forma de humanismo: es un simple flujo de caja. ¿Su lema? «Gasto, luego existo.» Para crear necesidades, sin embargo, resulta imprescindible fomentar la envidia, el dolor, la insaciabilidad: éstas son nuestras armas. Y vosotros sois mi blanco.

Creo que, en el fondo, sólo deseaba hacer el bien a mi alrededor. No fue posible por dos razones: porque me lo impidieron, y porque abdiqué. Las personas movidas por las mejores intenciones siempre son las que acaban convirtiéndose en monstruos.

Puedo garantizaros que, a este precio, todo está a la venta —sobre todo vuestra alma.

Te soy fiel: eres la única persona a la que tengo ganas de engañar.

Y lo raro es que, mientras ella se marchaba llorando, tú te dabas perfecta cuenta de que el que huía eras tú.

El noventa y cinco por ciento de la gente aceptaría acostarse si les ofrecieran diez mil francos. Cualquier tía te la chuparía por la mitad de dinero. Primero se hará la ofendida, no presumirá de ello delante de sus amigas, pero creo que, a cambio de cinco de los grandes, te hará lo que tú quieras. E incluso por menos.

En compañía de una mujer digamos que «normal», uno tiene que esforzarse, presumir, ofrecer su lado bueno, en definitiva, mentir: es el hombre quien hace a la puta.

Pasados los treinta, todo el mundo se blinda: después de algunas decepciones amorosas, las mujeres rehúyen el peligro, salen con viejos imbéciles que las tranquilizan; los hombres ya no desean querer, prefieren tirarse a lolitas o a putas; todo el mundo se protege con un caparazón; uno no quiere volver a sentirse nunca más ridículo ni desgraciado. Echas de menos la edad en que el amor no causaba dolor. A los dieciséis años, salías con chicas y las dejabas o ellas te dejaban a ti sin problemas, en dos minutos, asunto liquidado. ¿Por qué, más adelante, todo pasó a ser tan importante? En buena lógica, debería haber ocurrido al revés: dramas en la adolescencia, intrascendencia en la treintena. Pero no es el caso. Cuanto más envejece uno, más cómodo se vuelve. A los treinta y tres años somos demasiado serios.

Delante de ti, una chica sonríe.
La amas. Ella nunca lo sabrá.
Qué lástima.
Ha sido un hermoso minuto.

Dormid, buena gente, «Todo el mundo es infeliz en el mundo moderno», avisó Charles Péguy. Es cierto: los parados son infelices por no tener trabajo, y los que trabajan por tenerlo. Dormid tranquilos, tomad vuestro Prozac. Y, sobre todo, no os hagáis preguntas. Hier ist kein warum.

Esta escena transcurría hacia principios del tercer milenio después de J. C. (Jesucristo: excelente redactor-creativo, autor de numerosos títulos que siguen siendo célebres: «AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS», «TOMAD Y COMED PORQUE ÉSTE ES MI CUERPO», «PERDÓNALOS, SEÑOR, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN», «LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS», «EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO», ah, no, eso era de su padre).

Ves tu propia decadencia en el espejo: ¿sabías que, etimológicamente, narcisista y narcótico proceden de la misma palabra?

 Todas las chicas de hoy hacen lo mismo: mantener la boca entreabierta y los ojos embobados como Audrey Marnay en una serie fotográfica de Terry Richardson; en la actualidad, el colmo del arribismo consiste en fingir inocencia.

Octave intenta no perder la concentración. Hay que resistir sin farlopa, asumir la realidad sin estimulantes, hay que integrarse en la sociedad, respetar a los demás, aceptar las reglas del juego.

—Basta ya de bromas. ¿Alguna vez habéis pensado, queridas señoritas, que toda la gente que veis, todos esos idiotas con los que os cruzáis mientras conducís, todas esas personas, absolutamente todas sin excepción, van a morir? ¿Aquel de allí, al volante de su Audi Quattro? ¿Y ésa, la cuarentona pasada de revoluciones que acaba de adelantarnos con su Mini Austin? ¿Y todos los habitantes de esos inmuebles, parapetados detrás de ineficaces paredes insonorizadas? ¿Acaso habéis pensando en el montón de cadáveres que todo esto representa? Desde que existe el planeta, ochenta mil millones de seres humanos han vivido aquí. Conservad esta imagen en vuestra mente. Debemos de andar cerca de los ochenta mil millones de muertes. ¿Acaso habéis visualizado que todas estas personas beneficiadas por una prórroga forman un gigantesco montón de futuros cadáveres, un paquete de malolientes cuerpos que todavía está por llegar? La vida es un genocidio.

El avión está hasta los topes de publicitarios. Si se estrellase, sería el principio del triunfo de la Sinceridad.

—Después de todo lo que los hombres han hecho por él, Dios podría por lo menos haberse tomado la molestia de existir, ¿no os parece?

—Te invito a mi choza.
Pero como no domina su impreciso acento, Octave entiende:
—Te invito a mi cosa.
Es curioso. Como el engaño es recíproco, no hay confusión. Pero él pone su mano sobre el rostro de ella mientras murmura:
—Querida, yo no follo con las chicas: prefiero perderlas.

En África, un blanco que se dirige a un negro ya no lo hace con la condescendencia racista de los colonizadores de antaño; ahora todo resulta mucho más violento. Ahora el blanco tiene la mirada piadosa del sacerdote que administra la extremaunción a un condenado a muerte.

Bukowski - La máquina de follar

Yo tenia aquel complejo de suicidio y los graves ataques depresivos y no podía soportar las muchedumbres y, sobre todo, no podía soportar estar en una larga cola esperando por algo. Y en eso es en lo que se está convirtiendo toda la sociedad: largas colas y esperar por algo. Intenté suicidarme con gas y no resultó. Pero tenia otro problema. Mi problema era salir de la cama, siempre. Solía decir a la gente «Los mayores inventos del hombre son la cama y la bomba atómica: la primera te aisla y la segunda te ayuda a escapar». Me tomaban por loco. Juegos de niños, eso es todo lo que hace la gente, juegos de niños. Van del coño a la tumba sin que les roce siquiera el horror de la vida.
Sí, me fastidiaba levantarme de la cama por la mañana. Esto significaba empezar la vida de nuevo y después de estar en la cama toda la noche has creado un tipo de intimidad a la que es muy difícil renunciar. Yo siempre fui un solitario. Perdona, supongo que lo que me pasa es que estoy desquiciado, pero, quiero decir, salvo por lo de hechar un polvete de vez en cuando, no me importaría que todos los habitantes del mundo se muriesen. Sí, se que no es agradable. Pero yo me pondría tan contento como un caracol; después de todo fue la gente la que me hizo un desgraciado.

Bukowski,  La máquina de follar

Haruki Murakami - Baila, baila, baila

Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no liar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.

Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.

Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?” me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasamos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.

Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.

“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo.”

“Aha”

“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa. “Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”

“Ni idea.”

“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna.”

“Este es un pequeño paso para el hombre...”

“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”

“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.

Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.

“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna.”

“El aire de la luna no es liviano” le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso...”

“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oírla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tú y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé.”

“Faltan datos” le digo.

“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”

“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo” contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general.”

“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.

“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses.”

Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.

“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.

“¿No hace frío?”, le pregunto.

“¿Quieres decir en la luna?”

“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oír mis palabras parece tomar consciencia de ello.

Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.

Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.

¿Qué se supone que debo decir?

El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.

“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer.”

Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.

“¿Qué tienes para desayunar?” me pregunta.

“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente” contesto.

“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”

“Ningún problema” le aseguro.

“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”

“Francamente, no tengo ni idea.”

“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oír el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener.”

“Pues vamos a verlo”, le digo riendo.

No soy un tipo raro.

Eso creo, de verdad.

No voy a decir que sea el prototipo de la persona corriente, pero no soy raro. A mi manera, soy un ser humano absolutamente normal. Soy, necesariamente, todo lo normal que se pueda ser. Y esto es tan obvio, que lo que piensen los demás no me preocupa lo más mínimo. No es mi problema; en todo caso, será su problema.

 Hay quienes me tienen por más imbécil de lo que soy. Otros, en cambio, me creen excesivamente calculador. Pero eso me da igual. Además, ese “más de lo que soy” es sólo una forma de expresar una comparación con la imagen que tengo de mí mismo. Los demás me pueden ver imbécil o calculador, pero ése es un problema que no me preocupa. No hay malentendidos en el mundo, sólo diferentes formas de pensar. Y esta es mi forma de pensar.

Pero también hay personas que pueden extraer la normalidad que hay en mí. Son muy escasas, pero existen. Ellos/as y yo nos atraemos mutuamente de una forma completamente natural, como dos planetas flotando en el espacio oscuro del universo, y luego nos separamos. Aparecen en mi vida, se relacionan conmigo, y un buen día desaparecen. Son mis amigos, mis amantes, mi esposa incluso. A veces acabamos enfrentados. Pero siempre, en todos los casos, acaban yéndose. Se rinden, o pierden las esperanzas, o caen en el silencio (no sale nada del grifo, por muchas vueltas que le den), y finalmente desaparecen. Tengo una habitación con dos puertas. Una de entrada, otra de salida. Las dos no son compatibles. No se puede salir por la entrada, ni entrar por la salida. Esas son las reglas. La gente entra por la entrada, y sale por la salida. Hay muchas formas de entrar y muchas formas de salir. Pero lo que no cambia es que todos acaban saliendo. Unos se fueron en busca de nuevas posibilidades, otros por ahorrar tiempo. Otros murieron. No ha quedado nadie. No hay nadie en la habitación, sólo yo. Tengo siempre muy presente su ausencia. La de quienes se fueron. Las palabras que dijeron, los alientos que exhalaron, las canciones que tararearon... Todo lo veo flotando como un polvillo por las esquinas de la habitación.

Probablemente, la imagen que ellos vieron de mí se acercaba bastante a la realidad. Por eso se me aproximaron, y por eso también se fueron. Ellos reconocieron la normalidad que hay en mí, y mis sinceros esfuerzos por conservarla. Me hablaron y me abrieron su corazón. Casi todos se portaron bien conmigo. Pero no había nada que yo pudiera darles, y si algo les di no fue suficiente. Siempre me esforcé por darles todo lo posible. Hice todo lo que pude. Y también buscaba algo en ellos. Pero al final no resultó. Y se fueron.

Es duro, por supuesto.

Pero más duro aún es el hecho de que salieran de la habitación mucho más tristes que cuando entraron. Salían con una parte de sí mismos erosionada. Yo me daba cuenta de ello. Es curioso, pero ellos parecían estar mucho más erosionados que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre quedo yo? ¿Y por qué queda siempre en mis manos la sombra de alguien erosionado? ¿Por qué? No lo sé.

Faltan datos.

Por eso nunca obtengo la solución.

Hay algo que falta.

Un día, al volver de una reunión de trabajo, encontré una postal en el buzón. Era una foto de un astronauta caminando por la superficie de la luna. No había remite, pero al primer vistazo supe quién me la enviaba.

“Será mejor que no volvamos a vernos”, había escrito. “Pronto me casaré con un terrícola.”

Escuché el sonido de la puerta al cerrarse.

Datos insuficientes. No hay solución. Pulse Borrar.

Pantalla en blanco.

Me pregunto cuánto tiempo más van a continuar así las cosas. Tengo ya treinta y cuatro años. ¿Hasta cuándo?

No estaba triste. Al fin y al cabo, estaba claro que yo era el único responsable. Era natural que ella se alejara de mí, y lo sabía desde el principio. Los dos lo sabíamos. Pero perseguíamos un modesto milagro, una oportunidad de cambiar las cosas en lo fundamental. Pero esa oportunidad no se presentó, claro. Y ella salió. Cuando se fue me sentí solo, pero era una soledad que ya había experimentado antes. Sabía que acabaría superándola.

Ya estoy acostumbrado.

Pensar estas cosas me hace sentir mal. Siento surgir en mis entrañas un líquido negro que pugna por subir hasta la garganta. Me pongo delante del espejo del cuarto de baño. Este soy yo. Sí, ése eres tú. También tú estás gastado, mucho más de lo que crees. Me veo la cara más sucia y envejecida que nunca. Me lavo la cara meticulosamente con jabón, y me doy unas friegas con la loción. Luego me lavo las manos, y me seco bien con una toalla nueva. Voy a la cocina y ordeno los contenidos del frigorífico mientras bebo una lata de cerveza. Tiro los tomates echados a perder, alineo las cervezas, cambio de sitio las fiambreras, hago la lista de la compra.

Al amanecer estoy solo, y mientras miro distraídamente la luna me pregunto hasta cuándo seguirá esto. Seguramente encontraré a otra mujer dentro de poco. Y nos atraeremos de forma natural, como dos planetas. Y esperaremos inútilmente un milagro, malgastando el tiempo, erosionando nuestros corazones. Hasta que nos separemos.

¿Hasta cuándo?

Haruki Murakami - Kafka en la orilla


A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con La Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí solo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.
Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillos se tratase. Muchas personas has derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No!. Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.

Sylvia Lago - El suicidio en la narrativa




“un acto como éste se prepara en el
silencio del corazón, como una gran obra”

A. Camus: El mito de Sísifo


A. Camus: El mito de SísifoDescartada toda esperanza, en el momento en que se accede a esa zona agónica en la cual no se soporta ‘el-ser-con-el-otro’, situado el individuo en la peligrosa frontera que separa el ‘acá’ del ‘allá» ; la propia voz repliega su sonido y su furia y se hace sólo un eco que no alcanza a traspasar la esfera cerrada de la interioridad. En uso de una libre elección cuyo acto final ha venido gestándose, al decir de Camus1, ‘en el silencio del corazón’, el hombre opta por desprenderse del mundo, se desgaja de la vida, por propia voluntad (el vocablo «suicidio» proviene del latín: de ‘sui’ --que significa «de sí»-- y «caedere» --»matar», «tronchar», en sus orígenes-- o sea, «el que se mata a si mismo», adelantando el insoslayable destino de todo ser vivo. El suicida muere, decíamos, por absoluta y libre elección:

La decisión de permanecer vivo o morir es quizás el ejemplo supremo de autodeterminación», sostiene Bruno Bettelheim, destruyendo, de acuerdo a Durkheim, el vínculo de lo social y lo individual. Exiliado de su entorno, el individuo se mata, y matarse, obviamente, no es igual que morir. Esa deliberada (y definitiva) interrupción de la actividad vital ha sido y es, para muchas sociedades, convertirse en infractor; es cometer, como lo advierte Dante, «violencia contra sí mismo». 

Nietzsche pondría en labios de Zaratustra 1o siguiente: «Yo alabo mi muerte, la libre muerte, que llega porque yo quiero». Y, considerando el suicidio como única salida ante una instancia de vida intolerable, Hume entendía que se constituía en el único modo de salvar la dignidad y la libertad. 


Para Schopenhauer el suicidio, «lejos de ser negación de la voluntad, es, en cambio, un acto de fuerte afirmacióni de la voluntad». La tristeza, la desazón, la melancolía, la desesperanza, la desesperación, son estados emocionales que suelen sustentar este ejercicio libre, y a la vez patético, del albedrío, que aparece como prerrogativa exclusivamente humana10. El individuo que ha dictaminado para sí su renuncia y alejamiento de la vida, en su incubación de la muerte se va paralizando, enquistando en una situación cuyas motivaciones, si bien pueden ser, a veces, comprendidas, no admiten, sin embargo, una explicación racional. En el meollo recóndito de su yo, distiende el suicida los vínculos que lo unen a la vida; las ataduras que lo ligaban al conjunto social se debilitan, se aflojan hasta desaparecer. Opción existencial que permite a quien la asume dar al mundo una negadión terminante, el suicidio puede relacionarse, pues, a la «insoportabilidad de la vida», expresión ésta usada modernamente por Bruno Callieri. ‘«Cuando se determinan ciertas situaciones o cuando tienen lugar ciertos cambios en su modo natural de desnvolverse, la vida puede resultar insoportable», señala, asimismo, K. Jaspers.

La imposibilidad de coexistencia de las partes integradoras de la personalidad (los múltiples yoes que conviven en cada uno de nosotros), preparan el camino hacia ese acto con que el suicida se singulariza, de forma definitiva, proclamando su poder de subvertir el orden colectivo que desafía.

Resumiendo su breve historia trágica desde sus «furias amorosas» hasta su fin, ¿cabría acaso asociarla a esta interrogante que plantea Jacques Lacan: «Hay que hallar el móvil último del principio de placer en la tendencia de la vida a volver a la muerte, como si la clave de la evolución libidinal fuera conocer el descanso de las piedras?»

Sylvia Lago


Finge

Finge. Es necesario y lo sabes. Incluso cuando creas que puedes no hacerlo, incluso cuando creas que existe alguien con quien puedes no hacerlo, finge. 
Puedes ser cualquier persona porque en realidad no eres ninguna. Ni siquiera sabes quién eres. Cambia, muta y no repitas tus acciones. No muestres el abismo. 
Eres la terrible consecuencia de ti misma: tú eliges el precipicio, tú descartas la ayuda necesaria. No puedes implicar a nadie. No puedes ir más allá con nadie. Solo te queda lo efímero para con los demás. Aléjate, olvídate, por el bien de los otros.
Todo te es indiferente y no te toca, pero no lo muestres.
Deja la autodestrucción para cuando estés sola, sabes que no acabará bien: hablarás de más, actuarás de más, mostrarás de más.
No seas ingenua, nadie vendrá a salvarte y lo sabes. 
Piensa solo en el hoy, el mañana te mata porque sabes que tú no tienes mañana, que tú no quieres mañana.
Han pasado los años y no ha sido tan terrible, te esperan asaltos pero deja de esperar el golpe certero que te empuje.

Clara Lüge

Gustav Klimt

Anne Sexton

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.
Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.
De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.
No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.
Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.
¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,
y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.
Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.
Anne Sexton

Sabes...

- ¿Sabes? Hay muchos modos de suicidarse y, entre ellos, está también el dejarse morir.
Clara Lüge


Paul Eluard


El gran día
Ven, sube.  En seguida, las más ligeras
plumas, buzo del aire, te sostendrán por el cuello.
La tierra no lleva más de lo necesario y
tus pájaros de bella especie, sonrisa.  En lugar
de tu tristeza, como una sombra tras el amor, el
paisaje lo cubre todo.
Ven de prisa, corre.  Y tu cuerpo va más
deprisa que tus pensamientos, pero nada, ¿me oyes?,
nada puede superarte.

Desnudez de la verdad
La desesperación no tiene alas
El amor tampoco
NI rostro,
No hablan,
No me muevo,
No les miro,
No les hablo,
Pero estoy mucho más vivo que mi amor y mi desesperación

Joachim Böffmann

    Afirmar que la existencia humana no tiene sentido resulta escandaloso, cuando no una expresión sacrílega. Y es que durante tantos años el hombre se ubicado tan por encima del resto de los animales que resultará prácticamente imposible hablar de él como proviniendo, de modo riguroso, de otras especies animales. En efecto, el hombre no es más, y tampoco menos, que un animal superior debido a su capacidad de pensar. Pero –y he aquí lo paradójico– ¿qué ha hecho el hombre, salvo excepciones, con esa capacidad tan singular? Inventar “cuentos”… Inventarse ser un “ser superior”, desvinculado de la animalidad y los instintos de supervivencia y perpetuación de su especie, y se ha creado de este modo el cuento del sentido, para darse a sí mismo un toque de distinción. Y se arruinó a sí mismo.

[...]

La vida no tiene sentido. Cada uno, con su propia razón, y desde las situaciones singulares en las que se encuentre, debe darle un –y nótese que no digo él– sentido. Y como tampoco existe la felicidad (ese execrable ideal que conduce a las peores frustraciones), debemos aprender a disfrutar de cada instante como si fuese el último, o, mejor, el único. En efecto, de dilucidar con astucia el juego de oferta y demanda, y de lo beneficioso y nocivo se trata, a fin de no cargarse de fardos inhumanos que van deteriorándonos.

Los “creadores de sentidos” nos han arruinado la vida –son muchos de ellos los mismos malditos infrahumanos que crearon la culpa a fin de manipular la conciencia humana, entre tantas estrategias que elucubraron a fin de “llevarnos de sus narices”, como dice El Genealogista, y poder ejercer sobre nosotros su poder maléfico y dañino.

Pero aun podemos ponernos a salvo de la mentira y penetrar en las profundidades de la existencia real, sin palabras, sin discursos, sin lógicas, sin verdades, sin valores. Pues aun nos aguarda una “realidad” llena de luz, de vida y de libertad… –si cabe… que espera de nuestro acercamiento para ofrecérsenos con sus frutos sabrosos y llenos de juventud y nueva vida y voluntad. Pues hay un algo que aun no conocemos, pues nos lo han ocultado cuando nos inventaron un Paraíso terrenal y de un infierno.-


El sinsentido de la existencia
 Joachim Böffmann
http://www.filosofianueva.com.ar/nietzsche_elsinsentidodelaexistencia.htm 

El lobo estepario


La vida no tiene sentido, es cruel, necia y a pesar de todo maravillosa – no se burla de los hombres (que para eso hace falta tener espíritu), pero tampoco se ocupa de ellos más que de los gusanos. Que precisamente el hombre sea un capricho y un juego cruel de la naturaleza, es un error que imagina el hombre porque se considera muy importante. Tenemos que ver que a nosotros, los hombres, la vida no nos resulta más difícil que a cualquier pájaro u hormiga, sino más fácil y más hermosa. Tenemos que aceptar la crueldad de la vida y la necesidad de la muerte, no con lamentos, sino saboreando esta desesperación. Sólo después de digerir toda la atrocidad o falta de sentido de la naturaleza podremos empezar a enfrentarnos a esta cruda falta de sentido y arrancarle un significado. Es lo máximo y lo único de que es capaz el hombre. Todo lo demás lo hacen mejor los animales. Para la mayoría de los hombres la falta de sentido de la vida es una desgracia tan nula como para los gusanos. Pero precisamente los pocos a los que les hace sufrir y empiezan a buscar el sentido son los que constituyen el sentido de la humanidad.

Hesse

Turgenev

Antes había hegelianos y ahora, nihilistas. Ya veremos
cómo vais a existir en el vacío, en un espacio sin aire.

Turguenev, Padres e hijos.

Bukowski II - Nadie sino tú

Nadie puede salvarte sino
tú mismo.
te verás una y otra vez
en situaciones
casi imposibles.
intentarán una y otra vez
por medio de subterfugios, engaños o
por la fuerza
que renuncies, te des por vencido y/o mueras lentamente
por dentro.

nadie puede salvarte sino
tú mismo
y será muy fácil desfallecer,
pero muy fácil,
pero no desfallezcas, no, no.
limítate a mirarlos.
escucharlos.
¿quieres ser así?
¿un ser sin cara, sin mente,
sin corazón?
¿quieres experimentar
la muerte antes de la muerte?

nadie puede salvarte sino
tú mismo
y mereces salvarte.
no es una guerra fácil de ganar
pero si algo merece la pena ganar,
es esto.

piénsalo.
piensa en salvarte a ti mismo.
tu parte espiritual.
la parte de tus entrañas.
tu parte mágica y ebria.
sálvala.
no te unas a los muertos de espíritu.

mantente
con buen talante y garbo
y al cabo,
si fuera necesario,
apuesta tu vida en plena refriega,
al carajo las probabilidades, al carajo
el precio.

nadie puede salvarte sino
tú mismo.
¡Hazlo! ¡sálvate!
entonces sabrás exactamente de
qué hablo.

Bukowski I


Conocí a un genio
Hoy
conocí a un genio en el tren
como de seis años de edad;
se sentó a mi lado y,
mientras el tren
corría por la costa,
llegamos al océano.
el niño me miró y me dijo:
el mar no es nada bonito.

Fue la primera vez
que me percate

de ello.


A solas con todo el mundo
La carne cubre el hueso
y dentro le ponen
un cerebro y
a veces un alma,
y las mujeres arrojan
jarrones contra las paredes
y los hombres beben
demasiado
y nadie encuentra al
otro
pero siguen
buscando
de cama
en cama.
La carne cubre
el hueso y la
carne busca
algo más que
carne.

No hay ninguna
posibilidad:
estamos todos atrapados
por un destino
singular.
Nadie encuentra jamás
al otro.

Los tugurios se llenan
los vertederos se llenan
los manicomios se llenan
los hospitales se llenan
las tumbas se llenan

nada más

se llena.

Te recuerdo

Tu repetida mueca, con el cigarro en la mano, con tu sonrisa eterna. El comentario preciso y tu hoyuelo en la barbilla. Aún en los momentos malos te quedaban las ganas y me hubiese cambiado, por tus ganas de seguir, por mi desgana por hacerlo. Te recuerdo y olvido que ya no estás.


Siglos


Siempre he pensado que no me entendían. Es algo que llevo grabado en la sangre. Para empezar, el mayor problema es siempre encontrar a alguien con el que hablar sin miedos. Hay ciertas cosas que nunca se cuentan pero, además, hay personas que no soportarían la verdad y, están también esas otras, que sabes que se asustarían y se alejarían de ti. Por ello, nunca fue fácil el intento de sacar a golpe de palabra cada pensamiento y dejarlo ahí agonizante sobre la mesa. 
En segundo lugar, es todo problema el soltarse, el encontrar un clima cálido y propicio que facilite soltar el lastre del alma cuando ya has encontrado a alguien que no huirá de tus palabras y, para acabar, cuando consigues toda esa tarea que puede llevar años, incluso siglos, generalmente nadie lo entiende porque no sienten como tú, ni tampoco sienten como lo sientes tú. Es cuando te preguntas: ¿seré yo o los demás? y continuas actuando.

Mientras bailas
Clara Lüge

Apariencias

Hay que vivir aparentando de manera continuada porque se le tiene miedo a la verdad: la felicidad que no tienes, la vida que quieres, la personalidad de la que careces, los principios que fenecieron, la risa que se alejo...
Hay que mentir por la comodidad del resto.


Tu voz

Me agrada tu voz porque es un paisaje en calma sobre el que fluye un río. En los momentos malos, recurro a ella y con los ojos cerrados repaso cada conversación olvidable. Imagino tus muecas en un rostro desconocido y tus pensamientos rápidos.

Mientras bailas

Algún buen día, alguien que decía llamarse experto tuvo la gran idea de afirmar que las conductas negativas deben ser ignoradas, mientras que las positivas recompensadas y un grupo de fanáticos mal informados decidieron aplicarlo a toda la extensión de la vida. Era el caso de Félix, ante mis ataques de ansiedad, ira, llanto y destrucción, actuaba con un mero observador indiferente. Permanecía quieto, inherente, mirando a ninguna parte y supongo que esperando a que la tormenta amainase.

Mientras tanto, yo ya me había dibujado a cortes el mapamundi e incluso había aplicado mis conocimientos en geología a base de golpes contra mí misma. Pero no importaba porque nunca mostró una intención clara de sabotear aquellos impulsos y así dejaba que se manifestasen en todo su esplendor, mientras intercalaba suspiros con inadecuadas quejas, supongo que suplicando a algún ser superior que el espectáculo finalizase.

Mientras bailas 
 Clara Lüge




Un hombre que duerme

“Lo que te perturba, lo que te conmueve, lo que te da miedo, pero que a veces te entusiasma, no es lo repentino de tu metamorfosis, es, al contrario, justamente el sentimiento vago y pesado de que no se trata de una metamorfosis, de que nada ha cambiado, de que siempre has sido así, incluso aunque no lo supieras hasta hoy: éste, en el espejo resquebrajado, no es tu nuevo rostro, son las máscaras que se han caído, el calor de tu cuarto las ha derretido, la torpeza las ha despegado.”

Fragmento de: George Perec. “Un hombre que duerme”

El suicidio en el ojal



¿Quién puede detener a un hombre que lleva un suicidio en el ojal? La respuesta a tan cándida pregunta no tiene misterio alguno: nadie puede detenerlo, porque el suicidio antes o después dejará el ojal para apuntarle a una sien o al corazón a ese hombre. El 5 de noviembre de 1929 Jacques Rigaut se voló el corazón después de llevar durante años su suicidio en el ojal y hacer humorismo con esa carga, hasta que se le heló la risa.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2012/12/17/el-suicidio-en-el-ojal.html 


La segunda vez que me maté lo hice por pereza. Pobre, con un horror prematuro por toda ocupación, un día me maté sin convicción alguna, tal como había vivido. No fue una muerte demasiado rigurosa, a juzgar por la floreciente catadura que hoy tengo. 
La tercera vez... Voy a eximirlos del relato de mis otros suicidios, siempre que consientan ustedes en escuchar éste: acababa de acostarme, después de una velada en la que mi hastío no había sido, ciertamente, más asediante que las demás noches, y tomé la decisión y, al mismo tiempo -lo recuerdo con precisión absoluta-, articulé la única razón para hacerlo. Y ahí mismo, ¡zas!, me levanté y fuí en busca de la única arma que había en la casa, un pequeño revolver adquirido por uno de mis abuelos y cargado con balas igualmente viejas (en seguida veremos por qué insisto en este detalle). Acostado desnudo en mi cama, desnudo me hallaba en mi habitación. Hacía frío. Me apresuré en sumergirme bajo las mantas. Había armado el gatillo y sentí el frío del acero en mi boca. Parece verosímil que en aquel momento había sentido latir mi corazón, tal como lo sentía al oír el silbido de un obús antes de estallar, como en presencia de lo irreparable aún no consumado. Oprimí el disparador, el percutor cayó, pero el balazo no se produjo. Entonces deposité el arma en una mesita, probablemente riéndome con alguna nerviosidad. Diez minutos más tarde, dormía. Creo que acabo de hacer una observación algo importante, tanto que ¡naturalmente! Va de suyo que ni por un instante pensé en un segundo disparo. Lo que interesaba era haber adoptado la decisión de morir, no que yo muriera.
Jacques Rigaut

He vuelto

Después de cinco años he decido volver.... ¿por qué no?
Posiblemente me encuentre en el mismo punto de partida, girando una y otra vez sobre lo mismo.
Clara Lüge. Con la tecnología de Blogger.