El suicidio en el ojal

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¿Quién puede detener a un hombre que lleva un suicidio en el ojal? La respuesta a tan cándida pregunta no tiene misterio alguno: nadie puede detenerlo, porque el suicidio antes o después dejará el ojal para apuntarle a una sien o al corazón a ese hombre. El 5 de noviembre de 1929 Jacques Rigaut se voló el corazón después de llevar durante años su suicidio en el ojal y hacer humorismo con esa carga, hasta que se le heló la risa.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2012/12/17/el-suicidio-en-el-ojal.html 


La segunda vez que me maté lo hice por pereza. Pobre, con un horror prematuro por toda ocupación, un día me maté sin convicción alguna, tal como había vivido. No fue una muerte demasiado rigurosa, a juzgar por la floreciente catadura que hoy tengo. 
La tercera vez... Voy a eximirlos del relato de mis otros suicidios, siempre que consientan ustedes en escuchar éste: acababa de acostarme, después de una velada en la que mi hastío no había sido, ciertamente, más asediante que las demás noches, y tomé la decisión y, al mismo tiempo -lo recuerdo con precisión absoluta-, articulé la única razón para hacerlo. Y ahí mismo, ¡zas!, me levanté y fuí en busca de la única arma que había en la casa, un pequeño revolver adquirido por uno de mis abuelos y cargado con balas igualmente viejas (en seguida veremos por qué insisto en este detalle). Acostado desnudo en mi cama, desnudo me hallaba en mi habitación. Hacía frío. Me apresuré en sumergirme bajo las mantas. Había armado el gatillo y sentí el frío del acero en mi boca. Parece verosímil que en aquel momento había sentido latir mi corazón, tal como lo sentía al oír el silbido de un obús antes de estallar, como en presencia de lo irreparable aún no consumado. Oprimí el disparador, el percutor cayó, pero el balazo no se produjo. Entonces deposité el arma en una mesita, probablemente riéndome con alguna nerviosidad. Diez minutos más tarde, dormía. Creo que acabo de hacer una observación algo importante, tanto que ¡naturalmente! Va de suyo que ni por un instante pensé en un segundo disparo. Lo que interesaba era haber adoptado la decisión de morir, no que yo muriera.
Jacques Rigaut

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